En nuestra recorrida por Tandil junto a EntrePlantasViajes, llegamos a un lugar que me dejó en shock. Se trata de La Guapa, una estancia que hoy habitan Antonia y su familia. Lo que más me impactó es cómo lograron, de la mano de la paisajista “Tita” Bustillo, un jardín que se siente tradicional y con raíces, pero que fue creado desde cero, transformando una zona de trabajo duro en un hogar cálido y vivido.
Arrancar de cero: “Ponernos las botas”
Charlar con Antonia es entender que el campo no siempre fue este paraíso. Ella es brasilera, llegó a Argentina de chica y en 2009 se instaló en este rincón de Tandil con su marido. “Nos instalamos en el minuto cero en una casita que era el puesto. Poco a poco fuimos poniéndonos las botas y ocupándonos de este campo que había estado abandonado”, nos cuenta.
Cuando llegaron no había nada, “ni un destornillador”, recuerda Antonia. Tuvieron que armar un hogar mientras ponían en marcha la producción ganadera y agrícola. Antonia ya traía el gusto por las plantas de sus padres, pero el desafío fue integrar ese ojo estético con la realidad de un campo de trabajo donde la planta de silos y los galpones dominaban el paisaje.
Escuchar más allá de lo que se pide
Tita Bustillo nos contaba que cuando la llamaron, los dueños tenían una necesidad muy puntual: querían unos canteros de flores frente a la ventana del living. Pero el ojo del paisajista siempre ve un poco más allá. “Siempre escuchás más allá de lo que te dicen. Tratás como de leer el contexto”, explica Tita orgullosa de lograr la intervencion de todo el espacio.
Para ella, el diseño tiene que ver con la identidad de quienes habitan el lugar: “Los jardines de campo tienen un sentido muy especial porque son lugares donde uno empieza a construir su historia. Tienen que tener en su esencia lo que quieren ser: convocar, invitar, tener fuerza y orden interno”. Aunque no se vea a simple vista, hay un eje invisible que une la piedra, el cerro y la Virgen, funcionando como el hilo conductor del espíritu del lugar.

El desafío de los silos: Creatividad sobre hormigón
Una de las joyitas de La Guapa son cuatro canteros circulares que tienen una historia increíble. Donde hoy hay flores, antes había un estacionamiento y unos silos enormes que tapaban el sol de la tarde. Al sacarlos, quedaron unos agujeros con un hormigón muy difícil de remover.
“Fue un poco hacer con lo que hay y divertirte mientras vas diseñando”, dice Tita. En lugar de renegar, decidieron crear un patio de flores aprovechando la profundidad de esos conos. Hicieron un agujero en el medio para el drenaje y armaron estos círculos geométricos que hoy dividen las especies por colores. Antonia coincide en que ese fue el mayor reto: “Lo difícil fue tratar de tomar toda esa parte que no está tan linda en lo paisajístico y camuflarlo sin taparlo por demás”. De esta forma se logró abrazar con flores el espacio matero diseñado por la interiorista Sofia Figueroa Bunge que es un sueño.


Conocer el lugar antes de plantar
Si algo nos dejó claro Antonia es que para hacer un jardín de campo hay que tener paciencia y observación. “Es clave conocer el lugar en todas las estaciones del año y durante varios años. Eso ayudó un montón a no cometer errores”.
Un ejemplo claro es el sector de la pileta, que en realidad es un tanque australiano. Aunque muchos sugerían ponerlo cerca de la casa, ella decidió llevarlo a un sector que parecía lejos, pero que tenía la mejor vista: “El que no conoce el campo no se da cuenta de que el atardecer es allá y que la hora más linda está allá”.


Una matriz de árboles y el final del recorrido
Aunque el patio de flores es el corazón visual cerca de la casa, el resto del jardín —que es enorme— se resolvió con una lógica distinta. Se trabajó con una matriz de árboles que no solo dan estructura, sino que funcionan como guías que marcan los recorridos por el campo. Es un diseño inteligente: mientras caminás, el jardín te va llevando y, al cerrar el círculo del paseo, todo cobra sentido. Desde el mismo ingreso se puede ver la Virgen que marca el final del recorrido, una imagen que parece descansar sobre las sierras, incorporando el horizonte natural como si fuera parte del propio jardín. Además, se permitieron el lujo de dejar sectores de pradera, respetando esa escala de campo abierto donde la intervención humana se funde con lo silvestre.



El mantenimiento: El mito de la dificultad
Al ver semejante despliegue de flores, lo primero que uno piensa es en el trabajo que lleva mantenerlo. Tita le quita peso a esa idea: “El mantenimiento de estos lugares son los primeros años, hasta que se establece la planta. Es como un bebé recién nacido esos tres primeros años”.
En el caso de los círculos de flores, el secreto es la edición. Al ser formas geométricas con boj para dar estructura, el mantenimiento es puntual: cada dos meses se sacan los yuyos y se edita un poco lo que hay. Lograron una vista espectacular desde los galpones reciclados (la matera y las habitaciones de huéspedes) con una gestión del verde que no agota.


Un hogar para la infancia y las plantas
Hoy La Guapa es un lugar pensado para disfrutar en familia. Los tres hijos de Antonia se apropiaron de cada rincón: desaparecen durante horas en la huerta o en el invernadero, recolectan huevos de los nidos y conviven con gansos, conejos y gallinas. “Son unos indios y les encanta”, dice Antonia con orgullo.
Poco a poco, transformaron lo que eran construcciones de servicio en espacios vivibles. Lograron un equilibrio perfecto: una estancia que parece de toda la vida pero que es el resultado de una pareja joven que se animó a meterse en el barro y a confiar en el diseño para crear su propia historia. Como dice Tita: “Podés empezar así, que sea tu historia”.


















