En el marco de la Exposición Anual de Floricultura del INTA, recorrimos el ensayo de praderas y pastizales que se desarrolla desde 2020 y que propone otra forma de pensar el diseño del paisaje, especialmente en superficies grandes donde cortar pasto, regar o armar canteros se vuelve difícil, costoso o poco viable. La propuesta apunta a reemplazar el césped tradicional por comunidades de plantas nativas capaces de sostenerse con mínima intervención y aportar valor estético y ecológico.
Durante la visita hablamos con Verónica Bugallo, responsable del área de praderas, quien nos contó que el ensayo surgió en plena pandemia, inspirado en experiencias de Europa y Estados Unidos, donde los jardines de bajo mantenimiento ganan cada vez más espacio. “Viendo que allá hay muchos jardines donde se seleccionan plantas que no requieren ningún cuidado, quisimos hacer lo mismo pero con plantas nativas”, explicó.
El trabajo se basa en la evaluación de cuatro especies nativas implantadas en 45 parcelas. En algunas se analiza el comportamiento de una sola especie y en otras distintas combinaciones de dos, tres y cuatro plantas. La idea es observar cómo se adaptan, cómo conviven entre sí y, sobre todo, cómo responden a la competencia con la vegetación espontánea. “No se limpia nada. Se evalúa si toleran la competencia con las plantas espontáneas que van saliendo en la pradera”, señaló Bugallo.
Uno de los aspectos más interesantes del ensayo es ver cómo estas praderas se expresan a lo largo del año. Se mide si sobreviven al invierno, qué altura alcanzan, cuándo florecen y qué aporte hacen desde el color y la textura del follaje. “Todas sobrevivieron al invierno, aunque algunas se expresan mejor y florecen durante más tiempo”, contó. En algunos casos la floración es intensa pero concentrada en un período corto, mientras que en otros el valor está en el aspecto general de la planta durante gran parte del año.
El manejo es prácticamente nulo. Las plantas se colocaron en maceta y solo se regaron al momento de la implantación y durante una o dos semanas, según el clima. “Después no se regó nunca más. Lo que está es lo que sobrevivió a cero riego”, explicó Bugallo. Tampoco hubo cortes: “No tiene ni riego ni corte”, resumió, al aclarar que el ensayo lleva varios años sin ningún tipo de intervención.

Desde DeRaíz, este tipo de experiencias nos resulta clave para pensar el diseño del paisaje a gran escala: parques, predios institucionales, bordes urbanos, taludes o áreas extensas donde el césped deja de ser una opción lógica. Las praderas permiten construir paisajes más resilientes, con menor consumo de agua y menos mantenimiento, al mismo tiempo que favorecen la biodiversidad y una estética más natural.
La experiencia del INTA demuestra que es posible diseñar espacios verdes desde otra lógica, apoyándose en especies nativas y en procesos naturales, y abre un camino interesante para repensar cómo habitamos y gestionamos los grandes espacios verdes.

















