Los paisajes globalizados y que ofrece el mercado están dictados frecuentemente por el consumo más que por objetivos y necesidades de su población. Así los resultados no evocan ningún sitio ni responden a necesidades ambientales.
Orígenes y dimensiones de lo nativo
En la naturaleza las especies aparecen en un arreglo espacial producto de capas de tiempos geológico, evolutivo y ecológico. Es decir, millones de años para formarse un relieve y un suelo; cientos de miles para que las plantas se distribuyan y alcancen el sitio; miles de años para que el bosque o pastizal contenga las especies que lo caracterizan.
En este trayecto estos -y muchos aspectos invisibles- se entrelazan y condicionan entre sí, como el clima que determina un suelo y vegetación y a su vez la vegetación influye en el clima local; los animales que coevolucionan con las plantas y paralelamente las plantas son dispersadas por animales.
Estas capas e interacciones son parte de la esencia por la que se considera que una especie es nativa en una localidad o región. Claro, que a esta dimensión biológica se suma otra de carácter cultural. Es decir, los pueblos que habitan cada ecosistema le imparten percepción que se traduce en usos, rituales, descripciones, valoración o desprecio.
Desde que las plantas se cultivan, el ser humano lleva propágulos de un sitio a otro y ayuda o interfiere con la distribución en un proceso en principio lento y dinámico y hacia nuestros días acelerado y de implicancias desconocidas. El capitaloceno (antropoceno para posturas más ingenuas) agudiza un fenómeno que no es actual pero con su afán de globalizar, aplasta las diversidades de plantas de todo el mundo llevando a una lista -vale decir, dramáticamente escasa- las plantas en uso.

Evocaciones hacia ningún lado
Al planificarse el arbolado de una calle o avenida, una plaza o jardín con mirada netamente ornamental se ubican elementos indistintamente. No se contempla el origen, las arquitecturas de copa y ramaje, los follajes o espinas, las adaptaciones a la estación desfavorable, los animales asociados ni los vínculos con los pueblos. A lo sumo, sí se consideran colores y formas.
Al mezclar -y les propongo que salgan a la puerta de sus casas, vayan al jardín más cercano o a la plaza del barrio- verán que son árboles, arbustos, trepadoras y hierbas de relativamente pocas especies (3-4 o 5 suelen predominar). A su vez, si investigamos los orígenes veremos organismos de los 5 continentes, sin distinción de sus rasgos, más allá de contrastar colores, formas de hojas o alturas.
Y de hecho ocurre, un Cedro del Himalaya; una palmera Fénix de las Islas Canarias; un Pino de México; un Fresno de Estados Unidos; una Cortadera del Río de la Plata; Eucaliptos y Casuarinas de Australia y algún Jazmín del Cielo y Bignonia de África. En esa lista la mezcla genera una evocación que no incluye ninguna geografía ni bioma, no es un sitio en particular ni tampoco un bosque, selva, pastizal, pajonal o matorral. Eso es lo que doy en llamar paisaje esquizofrénico.
Cardos ni ortigas: El valor de lo espontáneo
Lo dijo el poeta. Los yuyos no se cultivan, crecen solos. Sin embargo, el término YUYO viene del quechua y no tiene la connotación despectiva que le damos en ámbitos urbanos. El significado es más vinculado a hierba útil que molesta. Sin embargo, lo que se cultiva versus lo que se desprecia es una cuestión de costumbre. De hecho los Cardos y Ortigas son en general plantas de otros continentes, pero buenos indicadores, con propiedades medicinales y atracción de polinizadores, por lo cual no integrarlos puede ser un error.
Paisajes arraigados: Eucaliptos, Pinos y Álamos
Algunos paisajes son tan arraigados en cuanto a costumbres que son parte de los elementos esperables de un destino. Eso ocurre con Eucaliptos que son parte de la fisonomía del campo argentino y uruguayo. Sarmiento le brindó un gran homenaje y sugirió que sería “el marido de la pampa”. Es necesario enfatizar el desplazamiento cultural hacia la vegetación nativa que este tipo de posición ha generado en el imaginario de la comunidad.


Similar a los Eucaliptos, los Pinos son cultivados desde muchas décadas y más de un siglo, por lo cual pensar en bosques es frecuentemente asociado a pensar coníferas como Pinos. Evoca una fisonomía de bosque idealizado. A no confundir con Abetos, Araucarias, Cedros o Cipreses, que en varios casos son de familias diferentes.
Cuando viajamos por la Patagonia, la presencia de Álamos a la distancia es sinónimo de población humana. Similar registro se da en Cuyo, ya que por ser regiones donde no abundan los árboles corpulentos, para formar barreras contra vientos suelen usarse especies introducidas como el Populus nigra.
Modas y plantas de “country”
Vale decir que las modas llevan a plantarse ciertas plantas en marcos diferenciados. Ciertas especies se visualizan más frecuentemente en barrios cerrados que en espacio público. Es el caso de herbáceas como Agapanto, Dietes, Formios; arbustos como Oleas y Fotinia; y árboles como Arces, Rhus y Fresno dorado. Pero seguramente un emblema es el Liquidambar, que yo doy en llamar el árbol menemista por antonomasia, ya que se expandió en los años de su gobierno.

Producción rural vs. Espacio Verde
La producción tiene como objeto generar rindes, es decir dinero. En un parque, plaza o jardín este criterio no opera. Desterrar ciertas costumbres y técnicas heredadas de sistemas productivos es imprescindible para sumar naturalidad y espontaneidad en el espacio verde. Este aspecto es fundamental si se piensa en términos de fauna silvestre y manejo sanitario, ya que aplicar productos químicos es una tarea frecuente y muy nociva para el ambiente y la salud.
El paisaje es situado
Más allá de las ironías culturales que me atreví a plantear, lo que considero clave es que el paisaje es en un sitio y un momento y es fundamental planificarlo según estos parámetros. Esto se debe a que en cada sitio hay personas, historia previa y cultura.
Conservar pistas de cada sitio hace a un mundo más rico biológica y culturalmente. Valorar los elementos y fenómenos locales genera una propuesta más identitaria y que pone sobre la mesa aspectos que sin apreciarse pueden desaparecer para siempre.
Por Gabriel Burgueño.
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