Históricamente, el vínculo entre la mujer y el jardín fue narrado desde lo doméstico, lo ornamental y, muchas veces, lo invisible. Durante gran parte del siglo XIX y principios del XX, el trabajo con las plantas fue para las mujeres un saber intuitivo, un refugio puertas adentro que permitía ensayar diseños y combinar especies de manera casi instintiva. Sin embargo, ese conocimiento acumulado terminó convirtiéndose en una de las herramientas laborales más potentes y salvadoras para el género, permitiéndoles saltar del patio familiar al tablero de diseño profesional.
Hoy, el paisajismo sigue siendo un territorio donde la presencia femenina es mayoritaria y estratégica. Aunque el sector se ha diversificado y hoy cuenta con una creciente participación de hombres, la mirada de la mujer ha sido fundamental para transformar la estética del jardín en una disciplina con rigor científico y compromiso ambiental. Para entender este proceso, es necesario mirar hacia atrás y rescatar la figura de Beatrix Farrand, una pionera que entendió antes que nadie que el jardín no era un simple pasatiempo, sino una herramienta de transformación social y laboral.
De la intuición al rigor profesional
A finales del siglo XIX, el diseño de paisajes era una disciplina dominada por arquitectos y urbanistas varones. Las mujeres que deseaban estudiar la carrera se encontraban con puertas cerradas: las universidades no las admitían en los programas técnicos de la época. En ese escenario emergió Beatrix Farrand (1872–1959), una neoyorquina que decidió desafiar las convenciones de su tiempo.
Farrand no se dejó amedrentar por la falta de títulos oficiales. Se formó de manera autodidacta bajo la guía de Charles Sprague Sargent en el Arnold Arboretum de Boston, donde estudió botánica y horticultura con una disciplina que pocos hombres de su generación igualaban. Para marcar su propia identidad, se autodenominó “jardinera de paisajes”, un término que reivindicaba el conocimiento práctico de la tierra frente al dibujo teórico de la arquitectura tradicional.
En 1899, su prestigio era tal que se convirtió en la única mujer entre los once fundadores de la American Society of Landscape Architects (ASLA). Fue el primer gran hito de una carrera que demostraría que el paisajismo era una salida laboral genuina, capaz de sostener la independencia de una mujer en un mundo que aún no le permitía votar.


Un legado de resiliencia y plantas nativas
El trabajo de Farrand se caracterizó por un concepto que hoy es moneda corriente en el paisajismo sustentable, pero que en 1900 era revolucionario: el respeto absoluto por el sitio y el uso de plantas nativas. Sus proyectos no buscaban imponerse sobre la naturaleza, sino integrarse a ella.
Su obra cumbre, Dumbarton Oaks en Washington D.C., es el mejor ejemplo de esta filosofía. Allí, Farrand no solo diseñó terrazas y canteros; creó un sistema de gestión del paisaje. Entendiendo que un jardín es una obra de arte en constante movimiento, escribió el “Plant Book for Dumbarton Oaks”, un manual detallado de mantenimiento, poda y reposición de especies para asegurar que su visión sobreviviera a las décadas. Fue la primera vez que una mujer documentó técnicamente la gestión de un espacio verde de gran escala, transformando la “intuición” en un manual de procedimientos agronómicos.

El paisajismo hoy: Un motor de identidad femenina
Esa semilla que plantó Farrand hace más de un siglo floreció en una profesión que hoy es el sustento de miles de mujeres en todo el mundo. El paisajismo permitió que muchas profesionales encontraran un equilibrio entre la técnica y la creatividad, convirtiéndose en un motor económico que hoy lidera la agenda de la biodiversidad y la restauración ecológica.
En la actualidad, las paisajistas argentinas siguen ese camino. Ya no se trata solo de elegir una flor por su color, sino de entender el bioma, la huella hídrica y la capacidad de las plantas para atraer polinizadores.
El 8 de marzo, más que una conmemoración, es una oportunidad para reconocer que el paisaje ha sido, y sigue siendo, una herramienta laboral que empodera. De la mano de la ciencia y el diseño, las mujeres han pasado de cuidar el jardín a diseñar el futuro del territorio, demostrando que la pasión por la tierra, cuando se une al estudio y la perseverancia, se transforma en un legado profesional imborrable.
Uno de los jardines de su autoría que todavía hoy se puede visitar es el Peggy Rockefeller Rose Garden, ubicado en el Jardín Botánico de Nueva York
Fotos: Pinterest
















