En nuestra recorrida por la Exposición Anual de Floricultura del INTA, nos detuvimos en un proyecto que nos parece clave porque une la formación de los chicos de las escuelas agrarias con la producción real de plantas nativas mejoradas. No es solo teoría: los estudiantes de último año hacen sus prácticas acá y se encargan de todo el ciclo, desde que arrancan con la propagación en abril hasta que la planta está terminada para la venta.
Hablamos con Adriana Celli, la docente a cargo, y nos dejó claro que el objetivo no es sacar una planta así nomás. El foco está puesto en la calidad ornamental. A veces se cree que lo nativo es rústico o “desprolijo”, pero acá el laburo de selección del INTA logra plantas compactas y con mucha flor, que rinden igual o mejor que cualquier exótica en un diseño de jardín.
Lo que no se negocia en este proceso es la resistencia. Al ser genética local, estas plantas se bancan el clima y el suelo de acá sin vueltas. Pero además, tienen un plus que vimos en vivo en los canteros: se llenan de abejas y mariposas al instante. Como dice Adriana, “te llevás la biodiversidad incluida”. Para quienes manejamos paisajes, esto es una herramienta de laburo: ponés nativas y tenés control natural de plagas porque atraés a los insectos que se alimentan de los pulgones.
El cierre de la práctica es cuando los chicos le venden la planta al público. Ahí es donde se nota el aprendizaje: tienen que explicar el manejo, la poda y los momentos de floración. Es conocimiento aplicado y producción local de calidad.
Desde DeRaíz, rescatamos estas experiencias porque el diseño no es solo un dibujo lindo; es saber qué planta estamos poniendo y de dónde viene. Producir nativas con criterio técnico es lo que hace que los jardines sean más fáciles de mantener y mucho más sanos.
















