La semana pasada les mostramos el jardín de Marina, diseñado por las paisajistas de Rapa Paisaje. Un espacio donde las gramíneas, las texturas y las formas parecían convivir con absoluta naturalidad. Pero detrás de ese jardín inmenso y relajado había algo más. Mucho más.
Esta vez les mostramos en profundidad una parte fundamental de este paisaje: su increíble huerta orgánica “Las Bayas”. Una producción enorme, activa y diversa que Marina sostiene con entusiasmo, aprendizaje y una naturalidad que sorprende. Como si cultivar cientos de verduras, manejar bancales, rotaciones, plagas y cosechas semanales fuera sencillo. Y quizás ahí esté parte del encanto.
Mirá el video con la entrevista completa.
En De Raíz valoramos especialmente estas historias. Las personas que se animan a emprender, a probar, a equivocarse y a construir proyectos vinculados con la tierra y el trabajo real. Porque detrás de cada huerta hay horas de observación, esfuerzo físico, paciencia y muchísimo aprendizaje.
“Tenía este potrero sin uso y pensaba que algo tenía que hacer”, nos cuenta Marina mientras caminamos entre líneas de tomates y berenjenas. Así empezó todo hace cinco años, en plena pandemia. Primero junto a una socia y después sola, apostando a transformar un espacio vacío en una huerta orgánica productiva.

Lo más interesante es que no viene del mundo agronómico ni técnico. Aprendió haciendo. “Al principio tuvimos que aprender todo de cero con un agrónomo que se dedicaba a huertas orgánicas. Después se vuelve muy intuitivo”, explica.
Y aunque ella lo diga con sencillez, detrás de esa intuición hay mucho manejo. La huerta funciona con rotaciones, descanso de suelos, manejo orgánico de plagas y una observación permanente de lo que mejor responde en cada temporada. Con el tiempo también aprendió algo fundamental para cualquier emprendimiento productivo: entender qué consume la gente. Al principio hicieron cosas que después se dieron cuenta que no funcionaban tanto. “El hinojo, por ejemplo, no le gusta a casi nadie. Lo clásico es lo que más sale”, cuenta entre risas.
Así fue afinando la producción según la demanda. Más tomates, más berenjenas, más hojas verdes. Todo organizado en una dinámica semanal donde arma bolsas con la cosecha disponible y las entrega directamente a sus clientes.
El suelo como base de todo
Uno de los puntos más interesantes de la recorrida fue entender cómo trabaja el suelo. Porque en una huerta orgánica sana, el verdadero protagonista muchas veces está debajo de nuestros pies.
Marina utiliza cama de caballo compostada como principal abono. Es una mezcla de aserrín y estiércol que primero debe estacionarse para bajar la acidez y evitar que “queme” los cultivos. Después la incorpora a las lineas de producción y cubre el suelo con silo bolsa para acelerar la descomposición y generar temperatura. “Después de unos meses la tierra queda divina”, explica. Ese proceso mejora muchísimo la estructura del suelo, aporta materia orgánica y favorece el desarrollo de microorganismos. Y eso se nota en la vitalidad de la huerta.
También trabaja con rotación de cultivos. Donde un año hubo zapallos, al siguiente aparecen tomates o berenjenas. Así evita agotar nutrientes y reduce problemas sanitarios.

Manejo orgánico y convivencia con la naturaleza
En una huerta de este tamaño las plagas existen. Pero el enfoque está lejos de eliminarlas con químicos agresivos. Acá aparecen herramientas clásicas de la horticultura orgánica: tierra de diatomeas, jabón potásico, aceite de neem y preparados naturales. “No hay nada que funcione 100% porque no es un químico”, aclara. “Pero vamos probando y observando”.
También incorporó estrategias simples y muy inteligentes, como dejar líneas de mlezas alrededor de los tomates para protegerlos del viento fuerte del oeste que castiga la huerta. Son manejos que muestran algo importante: la horticultura orgánica no busca controlar la naturaleza, sino aprender a convivir con ella.

El trabajo que después se vuelve parte de la rutina
Mientras caminamos entre los cultivos, Marina habla del trabajo enorme que implicó arrancar. Nivelar terrenos. Armar bancales. Aprender tiempos de siembra. Entender las estaciones. Probar variedades. Perder cultivos. Volver a empezar.
Y sin embargo hoy todo parece fluir. “Cosas que al principio parecían un trabajo bárbaro, después se vuelven normales”, dice. Quizás eso sea lo más inspirador de proyectos como este. Ver cómo algo que empezó como una idea en un potrero vacío terminó convirtiéndose en una producción viva, sustentable y profundamente conectada con el entorno. Una huerta que alimenta, pero también enseña.
Porque detrás de cada tomate, cada rúcula y cada berenjena hay una historia de constancia, observación y amor por la tierra. Y eso, en tiempos donde todo parece inmediato, vale muchísimo.
















