Hay viajes de trabajo y viajes que son un pendiente personal. Agarrar la Ruta 7 y frenar en el kilómetro 151, en Iriarte, era definitivamente lo segundo. Hacía años que me decía a mí misma: “Tengo que ir a ver a Oscar”. Y es que visitar el Jardín Botánico de Oscar Marzol no era solo ir a grabar plantas; era volver al lugar donde alguien me dio esa palmada en la espalda que te define el camino.
Cuando sos joven y estás lleno de dudas, que alguien te dé la oportunidad y confíe en vos, te cambia la cabeza. Oscar fue uno de los primeros en creer en mí. Por eso, caminar hoy por este bosque que él levantó en el medio de la nada me llena de orgullo y gratitud.
El refugio de las 700 especies
Oscar me recibió con la misma franqueza de siempre. Su proyecto arrancó cuando él tenía 27 años, comprando las primeras ocho hectáreas. Desde chico, cuando estaba pupilo en el colegio, ya juntaba plantitas en tarros. Esa obsesión no se le fue más. Hoy, su botánico tiene más de 700 especies vivas.
Pero ojo, esto no es una postal estática. Oscar es claro: “Acá se muere, se nace y se replantea”. La llanura no perdona: pasaron por siete inundaciones y vientos que le arrancaron árboles espectaculares. Lejos de frustrarse, él vuelve a plantar. Esa es la dinámica del lugar.
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Locuras que dan sombra
Mientras caminamos, el diseño del parque te va llevando. Pasamos por el Tambo, un sector donde las esculturas de chatarra ferroviaria del artista Carlos Regazzoni otro de los gustos “extenricos” de Oscar.
Después llegamos a la laguna. Me cuenta que cuando empezó a hacer el pozo con la máquina, y recuerda a su abuelo le decía que estaba totalmente loco por estropear hectáreas de campo, que podían ser trigo o pasto. Hoy, la laguna tiene su propia isla y es el corazón húmedo del botánico. También plantó secuoyas. Sabe perfectamente que no las va a ver llegar a su tamaño, pero no le importa. Como él mismo dice: “A los árboles hay que esperarlos”.

El disfrute está en el hacer
Si le preguntás a Oscar cuándo se va a sentar abajo de uno de sus árboles a disfrutar, te saca corriendo. “Sentarme jamás, soy muy especial”, me contestó riéndose. No es un tipo de sobremesas largas ni de contemplación. Él disfruta planificando, consiguiendo nativas raras de Santiago del Estero y podando.
Oscar vive en Buenos Aires y trabaja en el microcentro, pero lleva más de un millón de kilómetros hechos en la ruta para venir a Iriarte todos los fines de semana. “Otros quieren comprar una casa en Punta del Este para ir quince días; yo acá tengo mi Punta del Este todo el año”, me asegura. Su pasión es hacer.

Lo que viene
Me fui del botánico con la sensación de que a los apasionados el tiempo les rinde distinto. Pero la visita no terminó ahí, porque la cabeza de Oscar no frena. De reojo ya espiamos un patio calcado de la Alhambra de Granada y una casona que esconde mucho más. La semana que viene les voy a mostrar la segunda parte de esta locura linda: el Museo de Iriarte, un complejo de 11 galpones llenos de historia.
Gracias, Oscar, por abrirme y compartirme , una vez más, tu ligar en el mundo.

















