Hay jardines que no se arman de un día para el otro. Se piensan, se prueban, se corrigen y se siguen haciendo con el tiempo. El jardín de Florence, en el Barrio de la Música, en Escobar, tiene algo de eso: una mezcla entre diseño, intuición, mucho trabajo y una búsqueda bastante clara por vivir más cerca de la naturaleza.
El equipo de De Raíz visitó su casa para conocer cómo transformó el espacio exterior en un refugio lleno de vida, con plantas nativas, técnicas ecológicas, una huerta en experimentación constante y una biopiscina que funciona como corazón del jardín.
Desde el inicio, el proyecto tuvo una decisión clave: ubicar la biopiscina en el centro del paisaje. Florence cuenta que esa pileta “está literalmente en el medio del jardín” y que fue parte de una idea pensada junto al arquitecto y una especialista en biopiscinas. La casa y el agua no quedaron como elementos separados, sino como partes de un mismo dibujo.
Una biopiscina como centro del jardín
Uno de los grandes aciertos del proyecto fue la forma en que la biopiscina se integró con la arquitectura de la casa. No aparece como un agregado posterior ni como un elemento decorativo aislado. Está pensada desde el diseño general.
Florence cuenta que el arquitecto “diseñó muy bien la casa” y que también se dibujó la pileta trabajando en ese momento con una profesional vinculada al mundo de las biopiscinas. Esa combinación, dice, fue muy acertada.
El resultado se nota especialmente desde adentro. La vista de la casa hacia el jardín no termina en un límite duro sino en un paisaje con agua, plantas y movimiento. “La vista desde adentro de la casa hacia afuera es muy especial”, resume Florence.
Y ahí aparece una de las claves del buen paisajismo: no pensar el jardín solo como algo que se mira desde afuera, sino como una experiencia que también se vive desde adentro.
Diseño, profesionales y después, mucho hacer
Aunque hubo una base proyectual clara, el jardín no quedó cerrado desde el primer plano. Como pasa en muchos espacios vivos, se fue armando con el tiempo.
Florence reconoce que hubo ayuda profesional al comienzo, pero también mucho trabajo posterior, decisiones nuevas y aprendizajes sobre la marcha. Incluso mira algunos árboles y piensa que quizás los habría ubicado en otro lado.
Ese detalle vuelve al jardín más real. Porque diseñar un paisaje no es solamente elegir especies lindas o resolver una planta general. También es observar cómo crece cada cosa, cómo cambia la luz, qué funciona mejor y qué pide ser corregido. En ese sentido, el jardín de Florence no busca parecer perfecto. Tiene algo más interesante: está vivo.
El hibernáculo como laboratorio
Otro de los espacios centrales del jardín es el hibernáculo, donde Florence trabaja con reproducciones para la huerta y distintas pruebas vegetales.
Ella lo define casi como un laboratorio de experimentación. Ahí prueba, reproduce, observa y vuelve a intentar. “Es prueba y error”, cuenta. Esa frase resume muy bien el espíritu del jardín. Porque detrás de un espacio sustentable no hay magia instantánea. Hay horas, seguimiento, errores, ajustes y mucho trabajo cotidiano.
Un jardín más consciente
Lo interesante de este espacio es que no se trata únicamente de una casa linda con verde alrededor. Hay una búsqueda más profunda: construir un jardín que dialogue con el ambiente, que incorpore biodiversidad y que sea más respetuoso con los ciclos naturales.
La biopiscina, las plantas nativas, la huerta y el hibernáculo forman parte de una misma mirada. Una forma de habitar el jardín no como un decorado, sino como un sistema.




















