Octubre de 2019. Fui a ver a Julio Le Parc y, como la tía Beba no podía ir al museo, decidí llevarle el museo a casa.Capturé cada obra y también sus descripciones. Después, desde la pantalla de su compu, las recorrimos y analizamos juntas. Ya la nombré alguna vez por acá. A ella le debo lo logré aprender de arte y lo que disfruto mirándolo.Con Le Parc me pasa algo simple: no necesito entender para sentir. Su obra me hace bien, me sorprende y me invita a jugar.
Hoy, que nos toca despedirlo, vuelvo a este pequeño tesoro guardado en mi celular. Es mi forma de homenajear a un artista argentino inmenso, del que me emociona enormemente haber sido contemporánea.
De Palmira al mundo: un pionero incansable
A pesar de haber desarrollado casi toda su carrera en París, él siempre tuvo muy en claro sus orígenes. Nació en Palmira, Mendoza, y llegó de joven a Buenos Aires. Él mismo lo decía: “Las raíces son fundamentales. Cuando me fui de Buenos Aires ya estaba formado”.
Cruzó el océano en 1958 y lo llevó a lo más alto de la historia del arte contemporáneo. Para dimensionar el tamaño de su huella, basta con repasar un poquito de su currículum.
En París, en 1960, fue cofundador del mítico GRAV (Groupe de Recherche d’Art Visuel). Su objetivo era revolucionario para la época: sacar al arte de su solemnidad, democratizarlo y convertir al espectador (a nosotros, la gente común) en el protagonista de la obra, invitándonos a tocar, caminar y jugar.
Fue un pionero absoluto del arte cinético y óptico. En 1966, el mundo entero se rindió a sus pies cuando ganó el Gran Premio de Pintura en la Bienal de Venecia, el galardón más prestigioso del arte global. Sus obras brillaron en los museos más importantes del planeta, desde el MoMA de Nueva York y el Centro Pompidou de París, hasta la Tate de Londres y, por supuesto, aquella retrospectiva inolvidable de 2019 en Buenos Aires. Sin embargo, su mayor éxito siempre fue lograr que su arte fuera accesible y popular.


La inspiración para el paisajismo: el arte que respira
Quise compartir este homenaje con esta comunidad porque sé que sabrán valorar su obra y esa capacidad tan única de inspirar belleza, movimiento y emoción… algo que quienes diseñan y aman los jardines entienden muy bien. En el paisajismo nos nutrimos constantemente de muchas corrientes visuales, y Le Parc es, sin duda, una inspiración enorme para los artistas del paisaje.
Es un orgullo tener en nuestro país a un creador que supo valorar los elementos más puros de la naturaleza para darles una nueva vida. Aunque sus piezas están hechas de acrílicos, metales y espejos, dialogan directamente con las fuerzas con las que trabajamos al diseñar un espacio exterior:
- El Sol: Él no pintaba la luz, la usaba. Sus obras ópticas la capturan y la multiplican, igual que un espejo de agua o los rayos del sol filtrándose entre las hojas de los árboles.
- El Viento: Gran parte de sus famosos móviles no tienen motores. Flotan y respiran con las corrientes de aire y el caminar de la gente, moviéndose con la misma gracia impredecible que las ramas mecidas por la brisa.
- El Agua: Sus mallas y juegos cinéticos logran efectos que imitan la fluidez de la naturaleza, como las ondas expansivas de una gota cayendo en un estanque.



La naturaleza nos enseña que un paisaje nunca es idéntico a sí mismo: el viento cambia, el sol gira, el agua corre. Con Julio Le Parc pasa lo mismo: ninguna de sus obras se ve igual dos veces; nos invitan a movernos y a descubrir siempre un reflejo nuevo.
Despedimos a un maestro de la luz y el movimiento, pero su energía, como un buen jardín, seguirá brillando y vivirá para siempre.
















