Llegar a Escobar hoy es cruzarse con un montón de barrios nuevos y gente que “escapo” de la ciudad buscando un poco de aire fresco. Pero Caro Blanco de Micasacamina, es de acá de toda la vida, nacida y criada, como dicen. Entre árboles, armó su refugio, donde nos recibió para recorrer su huerta en pleno invierno. Y ojo, que en esta época la tierra también tiene mucho para mostrar.
Caro se presenta en su perfil de instagram como “de la huerta a la mesa con cuatro hijos” y cuenta que le gusta presentarse de esta manera porque no tiene una formación técnica en horticultua ó agricultura.”Y me gusta presentarme así para dar la posibilidad de entender que cualquier persona puede cultivar su propio alimento”, me cuenta apenas empezamos a caminar entre canteros.
El video excluivo con la charla con Caro para De Raíz TV, aquí
El envión: de la terraza al planificador propio
Hace 15 años le picó el bichito de la curiosidad, justo cuando nació su primera hija. “¿Qué le doy de comer?”, se preguntó. Y arrancó de cero. “Empecé, así, sin ningún conocimiento. Sembrar en macetas en la terraza de mi departamento”, recuerda. La lechuga le creció “como pasto”, pero sirvió de envión. Se puso a leer, a investigar y a hacer talleres. Hoy armó una huerta agroecológica cusando algunos tips del calendario biodinámico. Le da bolilla a las fases lunares para sembrar o cosechar, pero tampoco se enloquece: si tiene un día duro en la casa, la teoría pasa a un segundo plano.
De tanta prueba y error sacó su gran orgullo: el Planificador de huerta. Se cansó de los cuadernos en blanco y armó una herramienta completísima que tiene teoría, fichas de cultivo por temporada y lo más importante: la rotación para no quedarse sin verduras. “Es muy difícil tener una buena planificación de la huerta y muy poca gente lo tiene en cuenta. Siembran tres lechugas, las cosechan y se quedan después dos meses con la tierra vacía”, explica. En su caso, lo que siembra se consume en casa o se hace conserva para todo el año.


El secreto de la tierra: prohibido darla vuelta
Mientras caminamos, veo cómo asoman las frutillas de invierno, puerros mezclados con zanahorias e hinojos que van saliendo solos. Le pregunto qué hace con la tierra cuando cambia la temporada y hay que resembrar. Su respuesta es clara. “No levanto el suelo nunca”, me dice aportando un concejo más. “Lo que hago es clavar un poco, mover, poner compost y sembrar. No rompo la estructura del suelo, y tampoco cosecho de raíz a menos que sea una raíz”. Corta al ras y chau. La raíz de esa lechuga o ese rabanito que queda enterrada se descompone, afloja la tierra y alimenta a los insectos. Un win-win.
Llantén curativo y verduras asiáticas exprés
Frenamos a ver un Llantén (Plantago major). Muchos lo arrancan porque lo consideran plaga, pero ella lo deja ser. “Es una planta espontánea que yo la dejo en la huerta… Justo el invierno es una planta expectorante, tiene un montón de cualidades para el sistema respiratorio”. Hasta aprovecha las semillas, conocidas como psyllium, para usarlas como salvado en las harinas.
Un poco más allá, vemos unos canteros de Pak Choi (Brassica rapa subsp. chinensis) se trata de esta noble hortaliza asiática pariente del repollo. Es de ciclo rapidísimo y ella la sembró en otoño. “Nosotros las comemos salteadas con ajo. Nada más”, dice. Es facilísima de cultivar y convive bárbaro al lado de las remolachas.


Un montecito frutal
Para cerrar, pasamos por los frutales. Tienen claro que la manzana y la pera se compran, pero con los cítricos lograron autoabastecerse a pleno. Entre limoneros y naranjos, me señala un arbolito de mandarina de tamaño mini pero con un rendimiento brutal: “Este año que es chiquitito… coseché 45 kilos de mandarinas”.
Me vuelvo de Escobar con unas ganas tremendas de meter las manos en la tierra. Caro nos demuestra que para tener una huerta no hay que ser ingeniero agrónomo; es cuestión de probar, hacer, no complicarse la vida y disfrutar de lo que da la tierra.


















