En mi paso por Coronel Suárez tuve la oportunidad de recorrer jardines muy distintos entre sí. Algunos se destacan por su diseño, otros por su césped, otros por la huerta. En el jardín de Claudia encontré algo que me gusta especialmente observar cuando visito espacios privados: cómo un jardín puede convertirse en el registro vivo de una familia.
“Hace 30 años que estamos acá en esta casa”, me cuenta apenas comenzamos a caminar. Llegaron en 1995 junto a Diego y sus tres hijos mayores. Años después se sumó Manuel, el cuarto hijo. Desde entonces, la historia de la familia y la del jardín avanzaron juntas.
La recorrida exclusiva para De Raíz aqui:
Lo primero que llama la atención es que nada parece haber sido resuelto de una sola vez. Es un jardín construido por etapas, donde cada sector habla de un momento diferente de la vida familiar. Claudia misma lo resume con una frase que aparece varias veces durante la charla: “Este jardín ha ido mutando”.
Y realmente se nota. Los árboles crecieron. Los cercos cambiaron. Aparecieron nuevas estructuras. Algunas plantas permanecieron durante décadas y otras fueron desapareciendo para dar lugar a nuevas incorporaciones. Como sucede en las familias, nada quedó exactamente igual.
Mientras recorremos los distintos sectores, me cuenta que siempre le interesó generar ambientes diferenciados. No por una cuestión estética solamente, sino porque entiende el jardín como un espacio para ser recorrido. “Sectorizar te invita a recorrer, te invita a ver qué hay en otro lugar. Tiene otros movimientos, otras oportunidades, colores, situaciones y ambientes.”
Es una definición que resume muy bien lo que se siente al caminarlo. Cada rincón propone una experiencia distinta. No hay una sola vista dominante ni un único espacio protagonista. El jardín se va descubriendo de a poco. También hay una fuerte presencia de la repetición como recurso de diseño. Los buxus aparecen una y otra vez, conectando los distintos sectores.

“Los buxus perviven en lo que une todo el jardín”, explica. Hay ejemplares de distintas edades, alturas y formas. Algunos llevan décadas allí y otros se fueron sumando con los años. Según calcula, debe tener más de sesenta distribuidos por todo el terreno.
Pero si hay una forma que define el jardín es el círculo. Las esferas aparecen repetidamente y no responden solamente a una decisión estética. Para Claudia tienen un significado mucho más profundo. “El formato de esfera me moviliza desde muchos lugares, desde lo emocional, desde esto de envolver, de acompañar, de algo que te abraza.”

Mientras la escucho, entiendo que el jardín funciona también como una forma de expresión personal. De hecho, cuando le preguntan por su vínculo con el arte, responde algo que explica gran parte de lo que vemos. “Creo que mi forma en la que más me he expresado artísticamente quizás es a través del jardín.”
Esa relación entre creatividad y paisaje aparece en muchos detalles. Los círculos que utiliza en sus pinturas terminaron trasladándose al terreno. Algunas estructuras fueron diseñadas junto a su familia. Otras fueron construidas por su padre en la tornería familiar. Muchas plantas llegaron como regalos, recuerdos o herencias afectivas.
Porque además de ser un jardín, este lugar funciona como una gran colección de historias. Hay dalias cuyos bulbos pertenecieron a la madre de un amigo. Hay rosales traídos de viajes. Hay ejemplares que llegaron desde jardines de familiares y conocidos. Hay plantas que sobreviven desde la primera casa donde vivieron cuando recién se habían casado.

“Está armado con plantas compradas, con plantas traídas de viaje”, me cuenta entre risas. “A veces vengo con el auto y un rosal cruzado en el medio de la cara.” Ese vínculo afectivo con las plantas aparece constantemente durante el recorrido. Más allá del valor ornamental, cada especie parece tener una historia detrás.
Quizás por eso el jardín transmite una sensación de autenticidad difícil de explicar. No responde a una moda ni a una tendencia puntual. Es el resultado de tres décadas de decisiones, aprendizajes, cambios de rumbo y experiencias compartidas. También fue cambiando según las necesidades de cada etapa familiar.
Cuando llegaron, el terreno era muy diferente. Los chicos eran pequeños y buena parte del espacio estaba pensado para ellos. Hubo juegos, canchas improvisadas y arcos de fútbol construidos por el abuelo. “La pileta era cancha de fútbol”, recuerda Claudia. “Siempre fue una casa muy concurrida de varones.”
Más adelante llegaron nuevos espacios de encuentro, zonas de contemplación, rincones de flores, áreas productivas y lugares de descanso. El jardín se fue adaptando a cada momento sin perder identidad. Hay una frase que me quedó resonando durante toda la visita. Claudia define este lugar como “un jardín muy interactivo, muy visitado, muy compartido”.
No es un jardín pensado para ser admirado desde una ventana. Es un jardín para vivirlo. Para caminarlo. Para reunirse. Para recibir amigos. Para ver crecer hijos. Para reinventarse cuando las etapas cambian.
Al final del recorrido entendí que lo más interesante no eran las especies, las estructuras o las formas geométricas. Lo que realmente vuelve especial a este jardín es el tiempo. Treinta años después, sigue transformándose.
















