El tesoro de las “castañuelas”
El ciclo del Jacarandá es generoso y está ahí, a la vista de todos. A medida que termina el invierno, el suelo se llena de esas cápsulas leñosas que parecen pequeñas castañuelas. El secreto para empezar con el pie derecho es elegir las que todavía están cerradas pero ya tienen un color marrón bien oscuro. Esas son las que guardan la semilla lista para la acción.
Una vez recolectadas, lo mejor es dejarlas en un rincón seco de casa. En un par de días, se escucha un chasquido suave: es la cápsula abriéndose para soltar las semillas aladas. Son livianitas, casi como un papel de calcar, y tienen una fuerza bárbara para arrancar si reciben el cuidado justo.
El paso a paso: del remojo a la maceta
Para que la semilla no tenga que hacer tanto esfuerzo, se le puede dar un empujoncito inicial. Se dejan en un frasco con agua durante 24 horas. Si alguna flota después de ese tiempo, probablemente no sirva; las que quedan en el fondo son las que están cargadas de vida.
Después, solo se necesita una maceta con tierra bien suelta. Las semillas se apoyan de forma horizontal y se cubren apenas con un centímetro de sustrato. Es clave usar un pulverizador para regar, así no se desentierran. En dos o tres semanas, manteniendo la humedad constante, aparecen los primeros brotes verdes.



Rescatistas de cantero: la experiencia en el Museo de Arte Decorativo
A veces la naturaleza hace el trabajo sola y solo queda estar atentos para “rescatar” lo que brota. Un ejemplo de esto se ve en el jardín del Museo de Arte Decorativo, donde Hernán Corominas aprovecha la regeneración natural del lugar. Allí, los Jacarandás que nacen espontáneamente en los canteros son recuperados para darles una nueva vida.
“Este es un Jacarandá que creció en los canteros del Museo. Lo envasamos en cuatro litros; eran chiquitos, la mitad de lo que son ahora”, explica Hernán sobre el proceso de su pequeño vivero de nativas. La técnica es simple pero efectiva: se pasan a maceta con compost y se protege la superficie de la tierra con cartón y hojas de laurel para mantener la humedad y la temperatura. Este método permite que esos “hijos” del jardín se conviertan en ejemplares fuertes y listos para seguir creciendo.
Los primeros cuidados del pequeño gigante
Aunque después se transforman en árboles enormes, de bebés son sensibles. El primer año hay que protegerlos del viento fuerte y de las heladas. Lo ideal es tenerlos en maceta, con buen sol de mañana y riego frecuente sin encharcar. Cuando el tallo ya está firme y el arbolito alcanza los 60 centímetros, llega el momento de buscarle su lugar definitivo en la tierra para que empiece a escribir su propia historia.
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