El viaje estaba terminado. O eso creíamos. Ya nos habíamos despedido de los jardines, de las charlas y de los paisajes que nos acompañaron durante varios días junto al equipo de Mariela. Solo quedaba emprender el regreso a Buenos Aires y dejar a Anabel, una de las compañeras del grupo, en su casa de Valeria del Mar.
Lo que ninguno imaginaba era que esa última parada iba a regalarnos una de las historias más lindas del viaje. La idea era llegar, saludar y seguir camino. Pero apenas cruzamos la puerta entendimos que los planes habían cambiado. Anabel nos invitó a pasar, preparó un café y comenzó a mostrarnos su jardín. No hizo falta hacer demasiadas preguntas. Ella misma empezó a señalar cada planta y a contar la historia que había detrás de cada una.


Hay un ritual que compartimos muchas personas que amamos la jardinería. Cuando volvemos de un viaje, el jardín siempre tiene prioridad. Antes de abrir las valijas, salimos a recorrerlo para descubrir qué pasó mientras no estábamos. Es un recorrido silencioso, casi un escaneo: buscamos brotes nuevos, flores que se abrieron, plantas que crecieron, alguna que pide agua o un tutor. Esa sensación fue la que vivimos junto a Anabel. Aunque ella estaba regresando a su propia casa, nos invitó a hacer ese primer recorrido con ella y a compartir la alegría de reencontrarse con un jardín que, una vez más, la esperaba lleno de vida.
Nació en Tandil y vivió gran parte de su vida en Temperley. Hace 29 años compró esta casa en Valeria del Mar y, después de enviudar, cuando sus hijos le propusieron regresar, sintió que ya había encontrado su lugar. “Yo acá eché raíces”, nos dijo mientras recorríamos el jardín.
Y no era una forma de decir. Cuando vendió su casa de Temperley se llevó gran parte de sus plantas en macetas para volver a empezar. Incluso preparó un plano con los nombres botánicos de todas las especies que dejaba para que los nuevos dueños pudieran seguir cuidándolas. Un gesto que habla de la dedicación con la que siempre vivió la jardinería.

Hoy, a sus 88 años, sigue siendo ella quien toma la pala, el rastrillo y las herramientas para mantener el jardín. Solo recibe ayuda cada quince días para cortar el césped. El resto lo hace con sus propias manos. El suelo arenoso de la costa la obliga a fertilizar con frecuencia para compensar la falta de nutrientes y conseguir que las plantas crezcan con el vigor que caracteriza a este jardín.
Su pasión por los jardines ingleses, heredada también de sus raíces familiares, aparece en cada rincón. El patio de sombra es uno de sus lugares preferidos durante el verano. Allí desayuna escuchando a los pájaros, rodeada de hostas (Hosta spp.), campanitas, esparragueras y un helecho que con los años terminó enraizando sobre un tronco. Cada mañana también revisa las hostas para controlar que los caracoles no hagan de las suyas.
Al frente de la casa el paisaje cambia completamente. Un cantero de inspiración inglesa reúne orlayas (Orlaya grandiflora), enóteras (Oenothera spp.), achileas (Achillea millefolium), amapolas de California (Eschscholzia californica), agapantos (Agapanthus spp.), hemerocalis (Hemerocallis spp.), dimorfotecas (Osteospermum ecklonis), escabiosas (Scabiosa spp.) y gauras (Oenothera lindheimeri). Entre las floraciones aparecen gramíneas como la stipa (Stipa tenuissima) y algunos sectores de pasto negro (Ophiopogon planiscapus), que aportan textura y movimiento con la brisa característica de la costa.


Sin embargo, lo que más nos llamó la atención no fue la enorme diversidad de especies, sino la historia que escondía cada una de ellas. Mientras caminábamos, Anabel recordaba exactamente quién le había regalado cada planta. Algunas habían llegado de amigos, otras de vecinos, otras de familiares o de personas que conoció gracias a la jardinería. En un momento nos dijo que tenía “el jardín lleno de amigos”, y esa frase resumía el espíritu del lugar.
Ese desvío, que parecía ser apenas una parada antes de volver a Buenos Aires, terminó convirtiéndose en el mejor cierre posible para nuestro viaje de noviembre de 2025. Porque, sin haberlo planeado, encontramos una de esas historias que nos recuerdan por qué hacemos De Raíz: para descubrir jardines, sí, pero sobre todo para conocer a las personas que les dan vida.
Mirá el video con la recorrida completa por el jardín de Anabel Tabor en Valeria del Mar y descubrí cada uno de sus rincones, sus plantas favoritas y la historia detrás de este oasis inspirado en los jardines ingleses.


















