Durante el viaje que hice a Tandil junto a Mariela Schaher y el grupo de Mar y Sierra recorrimos jardines muy distintos entre sí. Algunos se destacaban por sus colecciones de plantas, otros por la historia de las familias que los habitan y otros por la manera en que el diseño resolvía situaciones complejas. En algunos casos no podemos mencionar el nombre de los propietarios. Abrir las puertas de un jardín también implica compartir parte de la intimidad de una casa y, muchas veces, preservar esa identidad permite que el verdadero protagonista sea el jardín.
Este fue uno de esos lugares que me hizo caminar despacio para entender cómo había sido pensado. Más que detenerme en las especies, me encontré observando cómo cada decisión respondía a un desafío concreto. Porque si algo demuestra este jardín es que un buen proyecto no nace de un terreno perfecto, sino de la capacidad de transformar las dificultades en oportunidades.
La recorrida de éste jardín comienza en el minuto 9 de el siguiente episodio:
El punto de partida no era sencillo. El jardín surgió de la unión de dos lotes de distintas dimensiones y tenía un desnivel de aproximadamente dos metros que obligó a trabajar el terreno en terrazas. Además, en el fondo había un gran taller de carpintería que debía integrarse al conjunto sin convertirse en un elemento que rompiera la armonía del paisaje. Lejos de esconder esas condiciones, el proyecto las aprovechó para darle carácter al jardín.
El desnivel terminó generando uno de los mayores atractivos del recorrido. Los distintos planos permiten descubrir el espacio de a poco, sin mostrarlo todo desde el primer momento. Los senderos acompañan la topografía y cada cambio de nivel abre una perspectiva diferente, haciendo que el jardín parezca mucho más amplio de lo que realmente es.



Esa sensación de descubrimiento se mantiene durante toda la visita. Cada rincón tiene una identidad propia, pero ninguno parece desconectado del siguiente. Hay cambios de estilo, de texturas y de especies, aunque todo mantiene un mismo lenguaje y una coherencia que hace que el recorrido resulte muy natural.
Apenas se cruza la entrada aparece un sector de inspiración tropical, creado a pedido de la dueña. Los grandes protagonistas son los bananeros, que durante el verano generan una imagen exuberante y completamente inesperada para esta zona. Claro que ese efecto tiene su trabajo detrás: cada invierno deben protegerse cuidadosamente para atravesar las heladas y volver a brotar con fuerza cuando llegan los primeros días cálidos.

Más adelante el paisaje vuelve a cambiar. El camino acompaña la barranca aterrazada entre liquidámbares que, imagino, deben regalar uno de los momentos más lindos del año cuando el otoño transforma el color de sus hojas. Las formas curvas aparecen una y otra vez, las salvias, las gramíneas y las herbáceas ayudan a unir los distintos sectores y hacen que el jardín tenga movimiento sin perder unidad.
Uno de los rincones que más me sorprendió fue el estanque. No fue pensado como un espejo de agua tradicional, sino como la recreación de un pequeño río serrano cordobés. Las piedras fueron colocadas una por una para que el agua hiciera un recorrido en zigzag y la vegetación acompaña esa idea, logrando un espacio que transmite mucha naturalidad.


Resulta difícil creer que este jardín tenga apenas un año desde su plantación. Más allá de que todavía queda mucho por crecer, ya transmite una sensación de equilibrio que suele encontrarse en jardines mucho más maduros. Eso habla de un proyecto bien resuelto desde el comienzo, donde primero se pensó la estructura y después llegaron las plantas.
Mientras lo recorría pensaba que muchas veces, cuando imaginamos nuestro propio jardín, vemos primero los problemas: un desnivel, un edificio difícil de integrar, un terreno irregular o condiciones que parecen jugar en contra. Este jardín demuestra exactamente lo contrario. Cada una de esas limitaciones terminó convirtiéndose en una oportunidad para diseñar un espacio mucho más interesante.
Lo que me llevé de este jardín
Más allá de las especies o del estilo, esta recorrida deja varias ideas que pueden servir de inspiración para cualquier jardín.
Problema: un terreno con un desnivel de casi dos metros.
Solución: aprovechar esa diferencia de altura para trabajar con terrazas, generar distintos planos y crear un recorrido mucho más dinámico.
Problema: dos lotes de distintas dimensiones que debían convertirse en un solo jardín.
Solución: diseñar una circulación que conecte naturalmente todos los ambientes para que el conjunto se perciba como un único espacio.
Problema: un gran taller de carpintería en el fondo del terreno.
Solución: integrarlo al proyecto mediante la vegetación y los recorridos, en lugar de intentar esconderlo.
Problema: incorporar un jardín de inspiración tropical en una zona con heladas.
Solución: elegir especies que puedan protegerse durante el invierno y asumir ese cuidado como parte del mantenimiento del jardín.
Problema: combinar sectores con estilos muy diferentes.
Solución: repetir formas, materiales y una misma lógica de diseño para que cada rincón tenga personalidad propia, pero todo el jardín hable el mismo lenguaje.
Al final de la recorrida confirmé algo que apareció una y otra vez durante este viaje por Tandil: los jardines más interesantes no siempre son los que parten de condiciones ideales. Muchas veces son aquellos donde el diseño logra convertir cada dificultad en una oportunidad y donde cada decisión tiene un porqué.



















