Hace algunos meses emprendimos junto a Mariela Schaer, de Entre Plantas Viajes, un recorrido por jardines de Tandil y la costa atlántica. Fueron días de caminatas largas, charlas sobre plantas, paisajes muy distintos entre sí y la posibilidad de entrar a jardines que normalmente sólo vemos en fotos.
El jardín de Lidia fue uno de los primeros que visitamos en Tandil y todavía recuerdo la sensación que tuve apenas empezamos a recorrerlo.
Es un jardín enorme, podría parecer inabarcable. Sin embargo, a medida que avanzábamos por los senderos ocurría exactamente lo contrario. El espacio invitaba a quedarse, a mirar, a desviarse del camino principal para descubrir qué había detrás de un grupo de rosales o de una curva del sendero.
Las rosas estaban en plena floración y se llevaban gran parte de las miradas. Pero el jardín no se termina en ellas. Hay herbáceas mezclándose entre los canteros, árboles que aportan estructura, sectores de descanso, espacios de sombra, un fogón, la pileta y distintos ambientes que van apareciendo durante el recorrido.

Lo que más me sorprendió fue cómo un jardín tan grande podía sentirse tan cercano. Nunca da la sensación de estar caminando por un parque inmenso. Todo el tiempo aparecen nuevas escenas, nuevas perspectivas y rincones que invitan a detenerse.
No importa si uno dispone de diez minutos o de todo un día. El jardín funciona igual. Podríamos habernos quedado horas recorriéndolo, observando combinaciones de plantas y descubriendo nuevos rincones. Pero también alcanza una caminata corta para llevarse una imagen completa del lugar y que quede grabada en la memoria.


Mientras avanzábamos, Lidia nos contaba que el jardín comenzó hace más de 36 años y que fue creciendo junto con ella. Lo curioso es que, aunque hoy se percibe como un jardín muy pensado, lleno de decisiones de diseño y perspectivas cuidadosamente construidas, nunca existió un plan maestro.
Las plantas fueron llegando con los años, a medida que crecía su experiencia como jardinera y también su pasión por este mundo. Empezó con rosas, después incorporó los buxus que le dieron estructura al jardín y más tarde sumó las herbáceas, muchas de ellas producidas en su propio invernáculo.


Quizás por eso el jardín tiene tanta personalidad. Hay una estructura clara, marcada por líneas y volúmenes, pero al mismo tiempo conserva cierta espontaneidad que lo vuelve cálido y habitable. Lidia pensó el jardín como una sucesión de habitaciones exteriores. Y una vez que lo escuchás, resulta imposible no verlo. Hay un rincón para disfrutar el sol del invierno junto al fogón, espacios de sombra para los días más calurosos, un estar cerca de la pileta y distintos lugares donde sentarse simplemente a contemplar el paisaje.
Todo parece estar en armonía con la casa y con el entorno. Nada compite por llamar la atención. Cada sector encuentra su lugar y acompaña al siguiente, haciendo que el recorrido fluya naturalmente.Al terminar la visita me quedé pensando en algo. Muchas veces asociamos los grandes jardines con espacios difíciles de mantener o de recorrer. Sin embargo, este jardín invita a pasar por cada sector, invita a recorrerlo.


Su escala impresiona, pero lo que permanece en el recuerdo no es el tamaño sino la cantidad de situaciones que propone. Porque detrás de cada sendero aparece una nueva vista, una nueva combinación de plantas o un nuevo rincón donde dan ganas de quedarse un rato más. Y quizás esa sea una de las mejores definiciones para este jardín: un lugar al que siempre le queda algo más por mostrar.



















