Cuando recorremos un jardín, casi siempre prestamos más atención al frente, al fondo o a los grandes espacios donde se concentra la mayor cantidad de plantas. Los laterales suelen quedar en un segundo plano y muchas veces terminan siendo simplemente el camino que conecta un sector con otro. Sin embargo, en el jardín de Virginia Escribano, esos espacios tienen otro protagonismo: están pensados, tienen identidad y, sobre todo, están hechos para ser disfrutados.
Durante la recorrida por su jardín pude detenerme especialmente en estos sectores, que muestran cómo un lugar que muchas veces consideramos de paso puede convertirse en un verdadero jardín cuando se lo piensa desde el uso cotidiano y desde las personas que viven en la casa.
Uno de los laterales está ubicado justamente frente a las habitaciones de sus hijas y por eso tiene un carácter diferente al resto. Virginia lo define como un sector “un poquito más romanticón”, una elección que además respondió a un pedido concreto de su hija Renata: quería rosas.
Y así aparecieron las rosas, acompañadas por lavandas y romeros, que suman color, perfume y una textura diferente al conjunto. Lo interesante es que en apenas un año consiguieron una floración impresionante, demostrando también que no siempre hace falta esperar décadas para que un sector recién plantado empiece a tener presencia.



Pero hay un detalle de este jardín que me parece todavía más lindo porque habla de cómo el paisajismo puede incorporarse a la vida diaria. En ese mismo sector plantaron un ciruelo pensando específicamente en lo que se iba a ver desde las habitaciones. La idea es que cuando llegue la primavera y el árbol florezca, las chicas puedan disfrutar de sus flores directamente desde sus camas apenas se despiertan.
Es una decisión sencilla, pero dice mucho sobre la manera de pensar este jardín. No se trata solamente de elegir dónde queda mejor un árbol o qué especie combina con determinado cantero, sino de preguntarse qué va a ver una persona desde una ventana, qué recorrido va a hacer por la casa y qué puede ofrecerle el jardín en cada momento del año.
Ese lateral también tiene orientación norte, algo que garantiza una muy buena cantidad de horas de sol, y allí aparece otro recurso que me gustó especialmente: una praderita que buscan mantener con un aspecto natural, sin pretender que todo esté absolutamente controlado.
En ese sector dejan que algunas plantas aparezcan espontáneamente y observan qué sucede. Las amapolas son un buen ejemplo: nacieron a partir de semillas que llegaron desde el techo vivo de la casa y encontraron en ese espacio las condiciones necesarias para crecer.
En lugar de sacarlas porque no estaban previstas en el diseño, decidieron dejarlas formar parte del jardín. Y ahí aparece otra forma de entender el paisajismo, donde la planificación convive con cierta libertad para que la naturaleza también haga su parte.
En este video, minuto 9 descubrimos el jardín lateral.
Me parece un concepto interesante, especialmente cuando hablamos de jardines familiares. No todo tiene que estar perfectamente ordenado ni cada planta tiene que ocupar un lugar determinado para que el jardín se vea cuidado. Hay sectores donde podemos intervenir mucho y otros en los que vale la pena bajar un poco el nivel de control, observar qué aparece y decidir después qué queremos conservar.
En este caso, esa pradera naturalizada no solo aporta una imagen más espontánea, sino que también genera una transición muy agradable entre las zonas más diseñadas del jardín y el resto del paisaje.
Y justamente ahí está, para mí, uno de los grandes aciertos de estos laterales. Cada uno tiene su propio carácter, pero al mismo tiempo se siente parte de un mismo jardín. Hay sectores más románticos, otros más naturales y otros que funcionan principalmente como circulación, pero todos fueron pensados teniendo en cuenta cómo se van a vivir.
A veces pensamos que para tener un jardín interesante necesitamos una gran superficie, cuando en realidad muchas veces el secreto está en mirar con otros ojos los espacios que ya tenemos. Un lateral puede convertirse en un lugar lleno de plantas, un recorrido perfumado, un espacio para observar las estaciones o incluso en una pequeña escena que se disfruta desde una ventana.
En el caso de Virginia, además, hay una intención muy concreta de darle uso y valor a esos lugares que muchas veces quedan olvidados. El jardín no se piensa solamente desde afuera, como una composición para mirar, sino también desde adentro de la casa y desde las actividades de quienes lo habitan.
Una rosa que florece frente a una habitación, un ciruelo que se prepara para regalar flores en primavera, las lavandas y los romeros acompañando el camino o unas amapolas que aparecen sin haber sido plantadas forman parte de una misma idea: hacer que el jardín esté presente en la vida cotidiana.
Y quizás esa sea una de las mejores maneras de aprovechar un lateral. No preguntarnos solamente qué podemos poner allí, sino qué queremos que suceda en ese espacio y cómo queremos sentirlo cuando lo atravesamos o lo miramos desde la casa.
Porque cuando un lateral deja de ser solamente un lugar de paso y empieza a ser pensado como jardín, aparecen muchas más posibilidades.
















