Por Agüeira Delfina
La mañana estaba gris y una garúa finita acompañaba la llegada al Palacio Molina, en Barracas. Desde afuera, el edificio ya anticipaba que algo distinto sucedía puertas adentro: una construcción de fines del siglo XIX, antigua fábrica de Alpargatas, con una fachada de ladrillos a la vista, grandes arcos y esa imponencia que tienen los edificios que cargan con más de un siglo de historia.
Era mi primera vez visitando CASA FOA.
Entré sin saber demasiado con qué me iba a encontrar y creo que eso hizo que la experiencia fuera todavía más interesante. Porque apenas empezás a recorrerla entendés que no estás solamente frente a una exposición de arquitectura, interiorismo o paisajismo. Estás entrando, por un rato, en diferentes formas posibles de vivir.
Entrar a CASA FOA es como entrar en la casa que siempre soñaste, la oficina en la que te sentirías cómoda trabajando o el jardín donde disfrutarías ver crecer a tu familia.
Cada espacio te invita a imaginar una vida adentro. Cómo lo habitarías, dónde te sentarías, qué harías ahí. Hay algo en ese ejercicio que vuelve al recorrido mucho más personal. Dejás de mirar solamente objetos, muebles, colores o materiales y empezás a mirar escenas.


Los artistas y sus lienzos
Esta es la edición número 42 de CASA FOA, la exposición anual de arquitectura, diseño interior e industria que se realiza en Buenos Aires desde 1985 a beneficio de la Fundación Oftalmológica Argentina Jorge Malbrán. Con los años se convirtió también en un espacio de encuentro entre profesionales, empresas y público alrededor del diseño y la creatividad.
Este año desembarca en el Palacio Molina, sobre la avenida Regimiento de Patricios, en Barracas. La exposición ocupa unos 5.700 metros cuadrados y reúne más de 42 espacios intervenidos. El edificio, con sus techos de más de cuatro metros de altura, sus arcos monumentales y su arquitectura industrial, hace que esta edición tenga una personalidad muy particular.
En CASA FOA se mezcla el arte y el diseño con la sensibilidad de cada uno de sus creadores. Y digo creadores porque a mí me gusta llamarlos artistas, por más que muchos sean arquitectos, diseñadores o paisajistas.
Hay que tener cierta sensibilidad artística para poder pararse frente a uno de los recovecos que propone el Palacio Molina y ver ahí un lienzo.
Los detalles son soberbios, pero están equilibrados unos con otros. Hay muchísimo para mirar, pero las cosas encuentran una forma de convivir. Los materiales, los muebles, la iluminación, las obras y los colores van construyendo cada ambiente como si se tratara de un cuadro.

Una exposición pensada para los sentidos
La edición 2026 tiene como concepto curatorial “Alquimia”, entendida como la posibilidad de transformar la materia, la historia y la memoria para crear algo nuevo. Y uno de sus tres grandes ejes es, justamente, la experiencia del espacio: ambientes que no están pensados únicamente para ser contemplados, sino también para estimular los sentidos de quienes los recorren.
Quizás por eso mi recuerdo de la visita no está compuesto solamente por imágenes. Hay departamentos, livings, cocinas, dormitorios y baños, pero también un atelier, un taller creativo, un coworking, un espacio de wellness, una cava, una heladería, instalaciones artísticas y diferentes propuestas de paisajismo.
Los jardines amigos
En la parte de paisajismo nos encontramos con muchos amigos que nos fueron recibiendo en sus espacios, y eso hizo que el recorrido adquiriera también algo de encuentro.
Entre ellos estaba Tomás Nadares, que este año vuelve a formar parte de CASA FOA y está a cargo del espacio 08 de paisajismo. Tomás llega a esta edición con varias participaciones consecutivas y, esta vez, decidió hacer algo diferente para él: usar una paleta monocromática. Eligió el naranja.
Un color sencillo pero imposible de ignorar, que aparece con fuerza entre los verdes vibrantes de las plantas y hace que todo el espacio cobre una identidad muy personal.
Las plantas, que fueron suplementadas con productos de Terrafertil, terminan de darle vida a esa paleta. La relación entre Tomás y la marca tampoco es nueva: Terrafertil ya había acompañado su propuesta de paisajismo en una edición anterior de CASA FOA.
Pero creo que mi imagen preferida de ese espacio ocurrió por lo detallista que fue Tomás. Afuera seguía garuando y, justo antes de empezar a fotografiar su espacio, aparecieron unos paraguas naranjas para completar su obra de arte.
De repente, el color del espacio se trasladó hacia arriba y, como completando un escenario, acompañó la lluvia de la mañana.

La primera, pero no la última
CASA FOA abre esta edición al público del 1 de octubre al 1 de noviembre, todos los días de 12 a 20, en el Palacio Molina, en Av. Regimiento de Patricios 1053, en Barracas.
Hay más de 42 espacios para recorrer y seguramente cada persona se irá con uno distinto en la cabeza. Yo me fui con varios.
Esta fue la primera vez que fui a CASA FOA y sé que no va a ser la última. Encontré una reconexión con el arte que no sabía que necesitaba hasta ese momento.
Quizás porque estamos acostumbrados a pensar el arte como algo que miramos colgado de una pared. Y en CASA FOA sentí que también podía estar en una habitación, en un jardín o en una oficina de coworking.
Entré a CASA FOA por primera vez, la recorrí y salí con ganas de escribir.
Supongo que esa es también una forma de saber cuándo algo es inspirador, como el arte.

















