Hay algo que me fascina de los espacios recuperados: ver cómo la vegetación puede integrarse con una historia que ya estaba ahí. Eso me pasó cuando conocí Planta Uno, en Mendoza, un predio que durante años funcionó como fábrica metalúrgica de los Pescarmona y que hoy se transformó en un mercado gastronómico y espacio de encuentro en Godoy Cruz.
El paisajismo estuvo a cargo de Soledad Llames y una de las cosas que más me interesó de su propuesta fue la manera en que eligió trabajar con las plantas. En lugar de sumar una enorme cantidad de especies y con la sequia caracteristica de la zona, armó una paleta reducida, buscando que cada una tuviera una función clara dentro del conjunto.
La pandemia, además, obligó a modificar varias veces el proyecto. “Presenté tres veces proyectos diferentes porque se iba, había que sacar zonas completas”, me contó Soledad durante nuestra charla.
En ese contexto, trabajar con especies resistentes, de bajo mantenimiento y con buena adaptación a las condiciones de Mendoza fue fundamental. También hubo una búsqueda de plantas que aportaran estructura durante buena parte del año y permitieran hacer un uso más eficiente del agua.
Y eso es justamente lo que me llevé de esta recorrida: no hace falta tener cien especies diferentes para construir un jardín interesante. Una buena selección, repetida de manera estratégica, puede generar mucho más impacto y, al mismo tiempo, simplificar el mantenimiento.
Estas son cinco plantas que me funcionaron en Planta Uno.
Romero (Salvia rosmarinus): textura, aroma y resistencia
El romero es una de esas plantas que muchas veces tenemos demasiado incorporadas y por eso no siempre valoramos todo lo que puede aportar al diseño de un jardín.
Es una especie rústica, que se adapta muy bien al sol y necesita poco riego una vez establecida. Además de su follaje persistente y su textura, suma floración y ese aroma tan característico que aparece cada vez que lo rozamos.
En Planta Uno, el romero forma parte de una composición que demuestra que las aromáticas también pueden tener un rol paisajístico y no solamente estar reservadas para la huerta.

Estipa (Nassella tenuissima): movimiento para compensar las estructuras
Pensar el paisajismo de un predio industrial implica trabajar con una arquitectura muy presente: galpones, hierro, grandes superficies y estructuras que tienen mucho peso visual.
La estipa, con sus hojas finas y sus inflorescencias livianas, aporta justamente lo contrario. Se mueve con el viento, genera volumen y suaviza las líneas más rígidas del lugar.
Es una gramínea que funciona muy bien en jardines de aspecto naturalista y requiere relativamente poco mantenimiento. Además, su movimiento cambia completamente la percepción de un espacio a lo largo del día, especialmente cuando corre viento.

Jacarandá (Jacaranda mimosifolia): conservar lo que ya estaba
Una de las decisiones que más me gustaron del proyecto fue conservar dos grandes jacarandás que ya existían en el terreno.
En lugar de eliminar la vegetación preexistente para comenzar desde cero, Soledad la incorporó al diseño y sumó nuevos ejemplares. Es una decisión que parece sencilla, pero que habla de una manera de entender el paisajismo: primero observar qué tiene el lugar para ofrecer y después diseñar a partir de eso.
Los jacarandás, además, aportan escala y sombra, algo especialmente valioso durante los meses de verano.

Tuna (Opuntia ficus-indica): una escultura vegetal
Las tunas son plantas que solemos encontrar asociadas al campo, los caminos o los paisajes áridos, pero cuando se las utiliza con intención dentro de un proyecto paisajístico pueden convertirse en grandes protagonistas.
En Planta Uno aparecen casi como esculturas vegetales. Sus formas geométricas dialogan muy bien con la arquitectura industrial y con las estructuras que todavía permanecen en el predio.
Además, como buena representante de las plantas adaptadas a condiciones de escasez de agua, tiene un consumo hídrico muy bajo una vez establecida. Una especie rústica que, bien ubicada, puede aportar muchísimo carácter al jardín.

Gaura (Gaura lindheimeri): liviandad y aspecto silvestre
La gaura aporta algo diferente al conjunto. Sus tallos finos y sus pequeñas flores generan movimiento y una sensación mucho más liviana.
Me gusta especialmente para acompañar gramíneas porque permite romper con composiciones demasiado rígidas y generar ese aspecto un poco más silvestre que hoy aparece en muchos diseños de jardines.
También tiene una floración prolongada y es una especie que, una vez instalada, requiere relativamente pocos cuidados.

Una paleta chica también puede construir un gran paisaje
La recorrida por Planta Uno me volvió a confirmar algo que considero fundamental a la hora de diseñar un jardín: más especies no significa necesariamente más paisaje.
Una selección reducida, pensada en función del clima, el suelo, el agua disponible, la arquitectura y el mantenimiento que estamos dispuestos a hacer puede ser mucho más efectiva que un jardín lleno de variedades diferentes.
En este caso, además, la elección de las plantas acompaña la identidad del lugar. Las gramíneas aportan movimiento, las tunas dialogan con la arquitectura industrial, los jacarandás construyen escala y sombra y las aromáticas y herbáceas completan una composición que se siente natural, pero que detrás tiene muchas decisiones de diseño.
Y quizás ahí está uno de los grandes aprendizajes de Planta Uno: un buen paisaje no necesita muchas plantas. Necesita las plantas adecuadas.
















