Cuando llegamos a Mendoza fuimos a conocer Planta Uno. Hoy es un mercado gastronómico y un espacio de encuentro en Godoy Cruz, pero detrás de sus restaurantes, terrazas y paseos todavía se puede leer la historia de las antiguas naves industriales que alguna vez formaron parte de los Talleres Metalúrgicos Pescarmona.
El predio, de unos 27.000 metros cuadrados, funcionó durante décadas como parte de la actividad industrial de la familia Pescarmona. Allí se fabricaban grandes estructuras y componentes vinculados a la industria metalúrgica y a la generación hidroeléctrica. Después de años de permanecer sin actividad, las antiguas instalaciones fueron recuperadas para dar lugar a Planta Uno, un proyecto que buscó conservar esa identidad industrial y darle un nuevo uso al espacio.
Y es justamente en esa transformación donde aparece el paisajismo. La paisajista mendocina Soledad Llames fue convocada para intervenir los espacios exteriores y se encontró con un proyecto que, como todo proyecto de gran escala, también tuvo que adaptarse a medida que avanzaba.
En una conversación con DeRaíz, Soledad cuenta que la pandemia atravesó completamente el proceso de diseño y obligó a repensar buena parte de lo que estaba proyectado. Los cambios en las formas de trabajar y en las costumbres de las personas hicieron que algunas de las funciones previstas originalmente para el lugar dejaran de tener sentido. Incluso estaba proyectado un módulo de oficinas de grandes dimensiones que finalmente desapareció del proyecto.
“Presenté tres veces proyectos diferentes porque se iba, había que sacar zonas completas”, explica Soledad. Esa frase permite entender algo que muchas veces no vemos cuando visitamos un espacio terminado: detrás de un jardín que parece resuelto y definitivo hay decisiones, cambios, proyectos que se modifican y muchas ideas que quedan en el camino.
Pero no todo parte de una hoja en blanco. Para Soledad, una de las claves estuvo justamente en leer el lugar antes de intervenirlo. Los árboles existentes, la arquitectura, las características del predio y aquello que ya estaba creciendo allí se transformaron en algunos de los principales puntos de partida para tomar decisiones.

Entre esos elementos había dos jacarandás de gran porte que, aunque no son especies propias de esta zona de Mendoza, ya formaban parte del lugar y tenían una presencia importante. En vez de eliminarlos para comenzar de cero, se los incorporó al diseño y se tomaron decisiones a partir de ellos. Es una manera de hacer paisajismo que me interesa especialmente: entender que un jardín no siempre empieza cuando llega el paisajista, sino que muchas veces el lugar ya tiene una historia vegetal que merece ser leída.
También aparece otra idea fundamental en este proyecto: el jardín no fue pensado solamente para verse lindo el día de la inauguración. El verdadero desafío era que pudiera funcionar con el paso del tiempo, que fuera posible mantenerlo, que tuviera presencia durante todo el año y que acompañara la vida cotidiana de Planta Uno sin convertirse en una carga de mantenimiento.
En ese sentido, la elección de las especies resulta fundamental. Con apenas unas pocas especies, Soledad consiguió construir un paisaje con mucha fuerza y estructura. Las plantas no aparecen como una colección, sino como parte de una composición en la que cada una cumple un papel y, al mismo tiempo, permite que las demás se destaquen.

Entre las especies elegidas aparecen las tipas, que aportan estructura arbórea y permiten imaginar cómo cambiará el espacio cuando llegue la primavera y aparezca su floración. También están los romeros, que en esta época del año suman textura y color con sus flores, además de ser una elección coherente con las condiciones de un paisaje mendocino donde el uso eficiente del agua resulta fundamental.
Pero quizás una de las cosas que más me gustó fue la manera en que aparecen las tunas y otros cactus de porte escultórico. Son plantas que muchas veces vemos asociadas a los bordes de los caminos o a paisajes más naturales y que acá adquieren otro protagonismo. En lugar de quedar relegadas a un segundo plano, funcionan casi como esculturas vegetales y dialogan con las estructuras industriales que todavía forman parte del lugar.
Para completar la composición aparecen también los jacarandás, que además de recuperar y poner en valor algunos de los ejemplares existentes, aportan sombra para los meses más cálidos y van a modificar con el tiempo la experiencia de quienes recorren el espacio.
Me gusta especialmente esta manera de pensar un jardín porque demuestra que el paisajismo no necesariamente necesita de una enorme cantidad de especies para generar impacto. A veces sucede exactamente lo contrario. Una selección reducida, bien pensada y adaptada al lugar puede construir un paisaje mucho más fuerte, reconocible y sostenible.

Planta Uno es, en ese sentido, un buen ejemplo de cómo un espacio industrial puede transformarse sin borrar su pasado. Las estructuras, los antiguos galpones, los árboles que ya estaban allí y las nuevas plantaciones forman parte de una misma historia. El paisaje no intenta esconder lo que existía antes, sino incorporarlo y darle una nueva lectura.
Y quizás ahí está una de las cosas más interesantes que me llevo de esta visita: un jardín terminado puede parecer una composición perfectamente pensada desde el primer día, pero muchas veces llegar hasta ese resultado implica cambiar, borrar, volver a proyectar y aprender a leer lo que el lugar pide.
En Planta Uno, esa lectura terminó dando lugar a un paisaje donde, una vez más, se confirma que menos puede ser mucho más.





Bonus track: las 5 especies que funcionan muy bien
- Romero (Salvia rosmarinus)
- Estipa (Nassella tenuissima)
- Jacarandá (Jacaranda mimosifolia)
- Tuna (Opuntia ficus-indica)
- Gaura (Gaura lindheimeri)
















