Si vienen siguiendo las últimas notas en De Raíz, ya se habrán dado cuenta de que la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Lomas de Zamora (UNLZ) es un mundo aparte. Ya les mostré como se investigá de la mano de Javier López y nos metimos de lleno en los microscopios del laboratorio con Silvina Sánchez para entender el potencial de las flores comestibles. Pero me quedaba pendiente mostrarles la película completa, cómo todo eso se conecta.
Para marcar el punto de partida. Tienen una huerta agroecológica donde “hay ornamentales, huerta y comestibles”. ¿Por qué mezclan todo? Porque las ornamentales “atraen polinizadores que los requerimos en nuestra huerta para lograr la polinización” y asegurar una buena cosecha.
Bajar la teoría al cantero
Lo mejor de este lugar es que no se quedan en el pizarrón. Charlé con Federico e Iñaki, dos estudiantes de Botánica. Fede me fue al pie: en la facultad el contenido teórico a veces es abrumador, pero acá “podemos poner en práctica todo eso que es el conocimiento”. Iñaki sumó que poder meter las manos en la tierra les permite entender de verdad los conceptos.
Pero la tierra acá no es solo para los alumnos. Me crucé con Karina Montiel, que coordina el taller de huerta del programa UniTE, pensado para la tercera edad. Los jubilados van al aula y después salen a sembrar. “Tienen mucha vitalidad y necesitan hacer actividad, ya que muchos se jubilan jovenes”, me explicó Karina.


El invernáculo: Fibra de coco y tutores
Siguiendo el recorrido de las flores, entramos al invernáculo. Cristina me contó que están modernizando todo: pasaron de usar turba “a la fibra de coco, a sustratos más orgánicos”. Además, van a implementar el riego por goteo con “el sistema de espagueti”, unas mangueritas que le dan a cada planta el agua justa que necesita.
Afuera, en los canteros de caléndulas y salvias, usan un sistema de tutorado con hilos que van subiendo a medida que la planta crece, para evitar “que se vuelque, que se caiga” y lograr varas bien rectas.
Aproveché y le pregunté qué flores podemos comer seguros en casa. Fue directa: “Todas las rosas son comestibles”. Las flores de aromáticas como la albahaca, menta y romero también. El único filtro es saber cómo se cultivó y asegurarse de que no haya sido tratada con químicos.
Del IPAS al territorio
Esa misma flor que vimos en el cantero viaja al IPAS (Instituto de Investigación sobre Producción Agropecuaria, Ambiente y Salud). Ahí es donde entra el trabajo de Silvina Sanches que ya les mostré en la nota anterior, analizando “qué carga microbiana tienen las flores comestibles” en poscosecha para buscar técnicas orgánicas de desinfección. A la par, aíslan antioxidantes y pigmentos, y guardan las muestras en cámaras de ultra frío a “-73 grados centígrados para posterior análisis”.
Pero la facultad también tiene un pie fuerte en la calle. Miguel Ángel Della Villa, secretario de Extensión, me habló del Censo de Arbolado Urbano en Almirante Brown. Alumnos y docentes ya llevan relevadas más de “250.000 especies censadas o árboles ejemplares”, un dato clave para la calidad de vida de la zona.

Agricultura de precisión para cerrar el círculo
El final del recorrido fue en el simulador. José María Aulicino me abrió las puertas del “primer laboratorio agricultura de precisión de una entidad nacional”, logrado por esfuerzo público y privado.
Ahí capacitan a los profesionales para manejar tractores de millones de dólares con conexión satelital. Como me dijo José María, la agronomía hoy es otra cosa: “Ya no estamos solamente para producir más, sino que hoy tenemos en cuenta más, mejor tender la sostenibilidad”.
Me fui de la facultad comprobando que acá las manos están llenas de tierra, pero la cabeza está puesta en el futuro.
















