Por Gabriel Burgueño
Paisaje e identidad
La vegetación es parte del registro identitario de un país, provincia o localidad. Coníferas en áreas con nieve, árboles caducifolios en sitios con inviernos marcados, gramíneas en las pampas otorgan coherencia visual. Las palmeras evocan paisajes tropicales, que, en muchos sitios no son reflejo de la fisonomía local, sino de una búsqueda trasplantada. Tal es el caso de Palmeras Pindó cultivadas en el centro del país; Yatay fuera del litoral; especies de Washingtonia en regiones costeras; Trachycarpus en jardines en la región metropolitana.
Migraciones y cultivos
Alguien me dice, las plantas que se cultivan las trajeron los inmigrantes de Europa. Es verdad y se suman a ello, las especies de países limítrofes y de otras regiones del propio país. El ser humano transporta plantas desde todos los tiempos, por valor utilitario o simplemente emocional. De alguna manera la identidad está atravesada por esa mezcla de comunidades que se refleja en la mezcla y globalización de la flora. Sin embargo, hay una capa preexistente que son las plantas – y animales- de cada sitio.
Hoy, el cultivo también enfoca esa realidad y enfatiza el rol de conservación de los viveros y espacios verdes al mostrar las especies de cada región. Hace décadas se proyectan parques, jardines y biocorredores con árboles y otras especies autóctonas, de manera de dar sustentabilidad al proyecto, aportar rasgos locales y conservar las especies espontáneas.

Palmares de Yatay (Butia yatay). Fuente: Medios Unne / Butia Yatay
Las especies nativas y el paisaje originario
Cada región del país cuenta con fisonomías propias que dan cuenta de los hábitats y ambientes que representan cada ecorregión. Así, las Pampas están pobladas por pastizales (con especies de gramíneas, plantas bulbosas, rizomatosas y arbustivas); los Bosques andino patagónicos, el Chaco y Espinal tienen bosques (en general caducifolios, espinosos y achaparrados); el Delta, las Yungas y la Selva paranaense están habitados por ambientes selváticos (con predominio de árboles de gran porte y perennifolios) y las estepas tienen plantas de menor porte y adaptadas a climas más extremos. Estas líneas nos proporcionan algunas ideas de cómo es el país en cada rincón de su geografía, hecho que dialoga con la impronta cultural de percepción, apropiación y uso de la naturaleza local de cada sitio. La resultante es el paisaje originario de cada localidad, inscripta en cada ecorregión, más allá incluso de los límites político-administrativos de sus provincias.
Las palmeras también se distribuyen según los ecosistemas de cada región. En Argentina hay varias especies nativas de palmeras, sin que ello reste valor a las introducidas, pero hace falta enfatizar su existencia para valorarlas. Yatay (Butia yatay) en Entre Ríos, pero también Corrientes, Santa Fe y Chaco; Mbocayá o Coco Paraguayo (Acrocomia aculeata) en Salta, y provincias del noreste; Copernicia (Copernicia alba) en norte del país; Pindó (Syagrus romanzoffiana) del noreste hasta el Delta bonareense y Palmito (Euterpe edulis) de norte de Misiones, entre otras, nos muestran el potencial de esta familia en el país.

Los costos económicos, de salud y ambientales
El control del Picudo rojo, tal el nombre del insecto que ataca a las palmeras Fénix (Phoenix canariensis) en Uruguay y que ya se detectó del lado argentino, implica un costo de aplicación, del producto agroquímico que se use y de la logística que conlleva. A su vez, el uso de insecticidas rara vez es inocuo para la salud humana y acarrea riesgos que no somos conscientes en el momento de las aplicaciones de productos ni durante los tratamientos en general. Finalmente, hay que considerar el impacto en el ambiente en cuanto mortandad de otras especies de insectos y de fauna en general, toxicidad para las plantas e implicancias en función de la deriva de las pulverizaciones para la vida silvestre, los cursos de agua y conservación del suelo.

Momento de pensar en los elementos latinoamericanos
Las especies exóticas de otros continentes han distorsionado la percepción del paisaje del continente, ya que generaron bosques -por ejemplo, de eucaliptos- en sitios donde estaban ausentes los ecosistemas arbóreos, como en las pampas; conjuntos de coníferas en las costas; también implicaron la transformación de humedales en pajonales (lirio amarillo) o arbustales (ligustrales o comunidades de ligustrina), entre otras modificaciones fisonómicas. Simultáneamente, efectos más sutiles como la coloración otoñal, que es herencia del hemisferio norte, tal como ocurre con los bosques de América del Norte (los de Fresno americano, Roble de los Pantanos, Ciprés calvo, Liquidambar) o europeos (Olmos, Robles, entre otros), impacta en la predilección de especies en desmedro de otras y conforma el mercado de plantas industrialmente propagadas para comercialización.
El presente escenario es una oportunidad para reflexionar sobre la introducción de especies ornamentales que implican riesgos no solo para la conservación de las especies locales, sino -como comentamos arriba- para la cultura. Enfocar las especies locales de palmeras, sería una manera de ver los atributos de los paisajes argentinos y americanos en general con una aproximación de valoración y no de desprecio. Por analogía, podría aplicarse a cualquier grupo de plantas ornamentales (gramíneas, árboles de sombra, frutales, trepadoras, florales, arbustos) que tienen grandes aportes para sumar al espacio verde ya sea público o privado, de gran escala o una maceta aislada.
















