En Casa Nido los jardines se descubren de a poco. A medida que recorríamos el terreno junto a Vir Escribano, aparecían nuevos rincones, cada uno con una identidad propia, una intención distinta y una historia detrás.
Uno de los primeros espacios que captó mi atención fue el estanque ubicado junto a la casa. Por su presencia y por cómo dialoga con la arquitectura, imaginé que había nacido como parte de una estrategia sustentable o de un diseño pensado desde el inicio. Pero Vir me contó que la historia fue mucho más sencilla.
Cuando decidieron adelantar la casa en el terreno para ganar intimidad en el jardín trasero, quedó un espacio al frente que no terminaba de encontrar su lugar. “No era ni chicha ni limonada”, recordó entre risas. Entonces apareció la idea del estanque y todo cambió.
Hoy cuesta imaginar la casa sin ese espejo de agua. Se convirtió en la gran protagonista de la entrada, en esa primera imagen que te recibe al llegar y en la última que te acompaña cuando te vas. Además, cumple un papel fundamental dentro del concepto de Casa Nido. La idea es que toda la vegetación crezca formando una especie de nube verde que envuelva la vivienda, y el agua aporta esa sensación de refugio y calma que atraviesa todo el proyecto.

Más adelante, cerca de las habitaciones de las chicas, el paisaje cambia por completo. Allí aparece un jardín mucho más romántico, delicado y florido. Lo más lindo es que nació a partir de un pedido de la hija: Renata quería tener rosas. A partir de ese deseo fueron sumándose lavandas, romeros y otras plantas que hoy llenan el espacio de color y perfume. Cuesta creer que muchas de ellas llevan apenas un año plantadas por la abundancia de flores que ya ofrecen. El ciruelo ubicado en el lugar exacto para que, cuando llegue la primavera, las chicas puedan abrir los ojos y verlo completamente cubierto de flores desde sus camas.
Es una de esas decisiones que quizás no se perciben en una foto, pero que cuentan mucho sobre la forma de pensar el jardín. No se trata solamente de qué plantar o dónde hacerlo. También se trata de imaginar escenas futuras y crear pequeños momentos de felicidad cotidiana.
Junto a este sector aparece una pequeña pradera naturalizada que crece con bastante libertad. Vir la llama “la praderita” y tiene algo encantador. Allí encontré amapolas que no fueron sembradas de manera intencional, sino que aparecieron solas gracias a las semillas que llegaron desde el techo vivo de la casa. Me gusta esa idea de dejar espacios donde la naturaleza también tenga algo para decir. Donde no todo esté completamente controlado y siempre exista lugar para la sorpresa.
Detrás de esa apariencia espontánea también hay mucho trabajo y planificación. Para cuidar el agua y acompañar el crecimiento del jardín, instalaron un sistema de riego por goteo manejado mediante temporizadores. Según me contó Vir, fue una inversión clave para lograr que las plantas se establecieran rápidamente y evitar pérdidas.

A eso se suma la reutilización de aguas grises para el riego de los árboles frutales de la entrada, una práctica que forma parte de la búsqueda permanente de hacer un uso más consciente de los recursos.
Al terminar la recorrida me quedó una sensación muy clara: Casa Nido no es un jardín construido a partir de reglas rígidas. Es un jardín que fue creciendo junto con quienes lo habitan. Un lugar donde conviven la observación, la intuición, la experimentación y el disfrute. Y quizás por eso cada rincón tiene algo para contar.



















