Cuando Mariela Schaer, de Entre Plantas, organizó este viaje a Tandil, sabía que íbamos a conocer jardines hermosos. Lo que no imaginaba era que también nos íbamos a encontrar con personas que nos iban a recibir como si nos conocieran de toda la vida. Sandra Cardarelli fue nuestra anfitriona durante gran parte del recorrido. Nos llevó a conocer algunos de sus lugares favoritos de la ciudad y también nos abrió las puertas de su casa para compartir un almuerzo y recorrer el jardín que hoy la representa.
Apenas llegamos, uno de sus hijos ya estaba a cargo del fuego mientras el resto de la familia iba preparando todo para recibirnos. Entre charlas de plantas y algo rico para comer, el clima fue el de cualquier reunión familiar. Esa calidez también se refleja en su jardín, un espacio que no solo habla de plantas, sino también de una nueva etapa de vida.
Mientras caminábamos entre los distintos sectores, Sandra nos fue contando cómo nació este proyecto. “Es la casa de esta etapa de mi vida, es el jardín de esta etapa de mi vida porque vengo de una casa totalmente distinta. Acá tengo más espacio y espero darme muchos gustos”, nos dijo. Y creo que esa frase resume perfectamente lo que transmite este lugar.
Después de que sus hijos se independizaran y tras el fallecimiento de su marido, decidió empezar de nuevo. Cambió un jardín urbano, mucho más consolidado y estructurado, por un terreno serrano lleno de desniveles y posibilidades. Pero hubo cosas que sí viajaron con ella. “¿Qué me traje? Amor, porque esa casa hubo mucho amor. Me traje estructuras, me traje plantas que me habían regalado gente querida.” Me gustó mucho esa respuesta porque estoy segura de que a la mayoría de los que disfrutamos de la jardinería nos pasa algo parecido. Las plantas también guardan historias y afectos, y cuando cambiamos de casa queremos que esas historias nos sigan acompañando.
El terreno presentaba un desafío importante. Como sucede en buena parte de Tandil, tiene desniveles muy marcados. En lugar de nivelarlo o modificarlo, Sandra decidió respetarlo desde el primer día. “La consigna era arreglarme con lo que tengo”, nos contó. Y esa decisión terminó marcando todo el diseño del jardín. Las distintas terrazas naturales fueron convirtiéndose en espacios diferentes, integrados al paisaje y aprovechando lo que el terreno ya ofrecía.

También cambió bastante su manera de diseñar. Si su jardín anterior tenía una estructura mucho más ordenada, acá decidió darse más libertad. “A mí me gusta una planta y si la puedo tener la quiero tener”, nos dijo entre risas. Esa espontaneidad se nota mientras uno recorre el jardín. No hay una búsqueda de canteros perfectamente homogéneos, sino una combinación de especies que fueron llegando porque le gustaban y encontraban su lugar. Con el tiempo empezó a organizar algunos sectores mediante paletas de colores: una terraza de blancos y follajes oscuros, otra donde predominan los rojos y azules, y otra dedicada a los rosados.
Sandra también nos contó que en los primeros pasos recibió la ayuda de sus compañeros del Grupo Jardín Tandil-Mar del Plata, que se acercaron para ayudarla a ordenar ideas y empezar a darle forma a un terreno mucho más grande del que estaba acostumbrada a trabajar. Y eso también habla de la generosidad que existe entre jardineros.

Si hubo algo que me quedó de esta visita, más allá de las plantas o del diseño, fue su manera de entender los tiempos del jardín. Vivimos en una época donde queremos resultados inmediatos y jardines terminados en pocos meses. Sandra piensa completamente distinto. “Hay que dejarlos ser a los jardines, expresarse y que vivan tal cual”, dice. Por eso todavía hay rincones que siguen esperando, detalles que resolverá cuando aparezca la pieza indicada o plantas que encontrarán su lugar definitivo más adelante.
“Nada me apura. Quiero hacerlo tranquila, darme tiempo para realmente estar convencida de que me guste, que lo que voy a poner exprese algo en mí o en lo que deseo.” Mientras la escuchaba pensaba que, en el fondo, esa filosofía sirve tanto para los jardines como para la vida. Hay cosas que simplemente necesitan tiempo. Y este jardín, que todavía sigue creciendo, es una buena prueba de eso.





















